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Ya emergieron los cuentapropistas del siglo XXI

Los espacios de coworking son propios de las nuevas modalidades de trabajo freelance.

Desde la Comisión de Trabajo Conectado de Usuaria, acompañamos los procesos de transformación de las relaciones laborales. El teletrabajo es la respuesta a los nuevos desafíos de la gestión de Capital Humano. Las organizaciones con menos estructuras  y mayores decisiones corporativas enfrentan la convivencia ínter generacional y una alta rotación de talentos.

Por ello es necesario en la era de la pos verdad ser parte del cambio cultural.
Desde Usuaria el trabajo conectado es una modalidad instalada.

El progreso tecnológico no sólo sustituye empleos viejos y cambia el perfil (¿y el número?) de los nuevos; también modifica la naturaleza del trabajo en aspectos tan esenciales como el lugar, la hora y la regularidad de las tareas. El trabajo en relación de dependencia con tareas marcadas por convenio todavía representa a la mayoría de los trabajadores, pero cada vez menos.

Un estudio reciente de McKinsey sobre una muestra de 8.000 trabajadores estima que en Europa y Estados Unidos los cuentapropistas (freelancers) ya son el 30% de la fuerza laboral. Y no necesariamente por necesidad: el 70% elude el trabajo en relación de dependencia por elección. Un estudio del parlamento británico agrega perspectiva histórica a esta tendencia: en lo que va del siglo, la gran mayoría de los nuevos empleos creados fueron freelancers.

Pensemos en la economía colaborativa o de acceso: bienes y servicios “compartidos” por los usuarios a través de plataformas como Uber, AirBnB, o ZipCar. O en la economía de changas o a demanda, traducción tan buena como cualquier otra de la gig economy: trabajos temporarios a través de plataformas como Instacart (delivery), Handy (trabajo en el hogar) o TaskRabbit (tareas físicas de baja calificación). Y los que están pensando que esto de la changa 2.0 es cosa del primer mundo pueden reemplazar las últimas marcas por las locales Yoppers, Zolvers e IguanaFix.

Históricamente, especialmente en países en desarrollo como la Argentina, los cuentapropistas se asociaron a trabajos precarios de baja calificación y bajos salarios: la imagen fue la de un agricultor de subsistencia o un changuista explotado por falta de oportunidades, no la de un experto consultor trabajando desde la casa o desde un bar por decisión propia.

Esto está cambiando en el mundo desarrollado y también, de a poco, en el barrio rioplatense, donde la sofisticación promedio de los profesionales independientes es cada vez mayor. Para anticipar lo que nos espera vale observar lo que pasa hoy en las economías de frontera. En Singapur, la mitad de los freelancers tiene título universitario, y un cuarto de ellos tiene un posgrado. Y el 70% de los cuentapropistas tienen al menos formación universitaria en los EE.UU. donde, según los economistas Lawrence Katz y Alan Krueger, este grupo creció un 50% en los últimos 10 años hasta representar el 20% del empleo total y, al igual que en el Reino Unido, casi la totalidad del empleo creado en el período.

¿Por qué es probable que esta tendencia se profundice en el futuro? Primero, la conectividad no sólo facilita la separación física del productor y su espacio de trabajo sino que agiliza la búsqueda de empleo online (por ejemplo, mediante plataformas como UpWork, People per Hour o TopTal): ¡Adiós a los clasificados y las tediosas entrevistas presenciales!

Además, de la mano del progreso tecnológico y la digitalización, el empleo se desplaza de las manufacturas a los servicios y éstos tienen cadenas menos “físicas” y procesos más desmenuzables y separables físicamente. Si quiero producir un tubo sin costura, puedo descomponer el proceso en tramos y producir cada uno de estos tramos en fábricas distantes (de eso se trata la globalización de las cadenas de valor industriales). Pero necesito a los trabajadores en la fábrica: la producción manufacturera es intensiva en capital físico y cada tramo necesita una escala mínima de producción elevada (en todo caso, más elevada que lo que un trabajador pueda producir de forma independiente).

Muy diferente es la producción de servicios, intensiva en capital humano y con una modesta escala mínima de producción que habilita la entrada del freelancer remoto y solitario. Un obrero metalúrgico necesita de un horno y una producción de algunos miles de toneladas; un desarrollador de software, sólo de su computadora.

Por último, uno de los principales argumentos económicos a favor de la cercanía del trabajador (la necesidad de monitoreo y supervisión) se diluye en el marco de plataformas que basan la interacción en la evaluación pública de usuarios anteriores, a la manera de un contrato repetido con contrapartes diversas que comparten información. De este modo, se crean incentivos de buen desempeño que a la larga son más efectivos que “el ojo del amo”.

En todo caso, los nuevos freelancers traen cambios disruptivos al paisaje laboral. La oficina o la fábrica pierde su supremacía como espacio de trabajo y socialización y muta a dispositivos nuevos como los espacios de co-working (oficinas compartidas que ya abundan en Buenos Aires), y vemos menos contratos “por mes” y más contratos “por producto”, con efectos todavía ambiguos sobre la dinámica y la productividad laboral.

Pero el cambio más urgente viene por el lado de la protección social que, en nuestro caso, depende casi exclusivamente de la relación laboral: jubilación, seguro de salud, seguro de desempleo, protección sindical, seguro de trabajo; todo lo que protege al trabajador, está pensado desde el ámbito de la empresa o la fábrica. Por ejemplo, a un cuentapropista le tocaría una jubilación inferior a la de un asalariado, a menos que logre ahorrar lo suficiente por su cuenta. Del mismo modo, el cuentapropista tendría ingresos menos estables y predecibles: ¿cómo impactará esto en su acceso al crédito o en sus decisiones de planificación familiar?

Curiosamente, los freelancers nos devuelven a modalidades pre-industriales: trabajo independiente en casa con capital propio, remunerado “por pieza” y con múltiples clientes en vez de un único empleador. Esta nueva flexibilidad de facto presenta algunas ventajas para la Argentina: basta darse una vuelta por los grupos de Facebook de expatriados en Buenos Aires para ver la cantidad de profesionales calificados que consumen en nuestro país las divisas que producen exportando su trabajo al mundo.

Pero el nuevo cuentapropismo también nos obliga a cambiar, a dejar de verlo como síntoma de precarización e informalidad para aceptarlo como parte de nuestro futuro y adaptar nuestros regímenes tributario y laboral para incluirlo en el sistema formal.

Ver artículo original en clarin.com

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